Poder escribir las páginas de nuestra vida

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martes, 19 de abril de 2011

Cobardía

Acabas de llegar al pueblo. 25ºC. –Y estamos todavía en abril- piensas. No te apetece estar en la penumbra del salón. Fuertes, robustas y macizas paredes de adobe recubren esa casa tan antigua, fresca y frío durante todo el año.
Coges una silla y sales al patio. Sacas tu cuaderno de notas y te dejas llevar por la MUSA. Hace días que no puedes dejar de escribir, estás enganchada. Nunca has pensado en sacarlo a la luz.
Sol,sol, sol…¡cómo te encanta! –Mmmm Santander…-
Estás sola, no hay nadie a tu alrededor, nada. Una naturaleza asilvestrada y el cantar de unos pájaros que según las creencias populares y los libros del gran maestro Delibes vaticinan agua.
- Agua, playa, sol, mar- piensas. De repente vuelves a ser una niña con 8 años. Tu padre empieza a trabajar en Santander. Tren y una tortilla de patata sin cebolla cuyo sabor todavía recuerdas. Paseáis por la ciudad y os coméis vuestro primer helado. Chocolate. Abril y comiendo helados. Imposible poder haberlo hecho en Valladolid. Desde entonces no puedes dejar de amar Cantabria. Toda en general, tan verde, tan húmeda y tan suave. Naturaleza. Poder respirar aire limpio. Aire tranquilo que te ayuda a respirar, a vivir de otra manera más pausada. Otro carácter, otra vida. Ojalá puedas convertir Cantabria en tu día a día algún día.
Poco a poco te has ido acostumbrando. No has olvidado ni lo harás todas las lágrimas derramadas cada domingo que se iba a Lérida.
Toca volver a casa. Lo que no sabes es que volverás en verano. Así durante tres años.
Vagos recuerdos de esa época, pero recuerdas con mayor fuerza el segundo verano que estuvisteis en Santander. Nada fue como esperabas. Era la fiesta del puerto y tu madre recibió una llamada. Tu abuelo estaba ingresado.
Fue el principio del fin. Día a día preguntaste por él, por su evolución, sin saber exactamente qué era lo que le ocurría. Las respuestas a tus preguntas siempre eran positivas.
No pudiste verlo, sólo escucharlo. Una voz al otro lado del teléfono, un hilo de voz, triste, apagada, rota. Ese día comprendiste todo. No volverías a ver jamás a tu abuelo.
La cosa empeoró. Noches en el hospital. Tu hermana y tú tuvisteis que ir a casa de tu tía. Pese a lo bien que lo bien que lo pasasteis tu interior sabía que pronto recibirías una noticia. Tu interior sabías que jamás podrías perdonar que nadie te tratase no solo como una niña, sino como una persona. Comprendías todo y no le viste.
Pusiste todo de ti, rezaste, tenías fe, pero se fue, os dejó. Os dejó en el día a día pero jamás os dejó en vuestros corazones.
Hoy, te sientes afortunada. Aunque solo disfrutaste de él 9 años, aprendiste que la experiencia es un don. Él era sabio, amante de la naturaleza y de la caza, de los animales.
Cuando te portabas mal, sabía como pararte.
-          Alba, ¿ves esta mano tan grande?
-         
-          Pues… ya sabes (sonrisa)
No conoces de él más que lo que viviste. No te atreves a preguntar nada. Eres una cobarde.
Algo rompe tu recuerdo. Es tu abuela, su mujer:
-          ¿Qué quieres de cena?
-          Lo que haya, me da igual
Admiras su entereza, su bondad y su saber seguir hacia delante. Supongo que es algo normal. Los abuelos están para consentir, pero también están para enseñar. Son la cima de la experiencia. Al menos, eso pienso yo.

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